El cielo está silencioso, nada tiene que ver la monotonía del ruido. El
pavimento se visualiza sucio, nada tiene que ver el polvo llegado del viento.
El frío marca los rostros pálidos que sin vida caminan al destino de un
trabajo, la forma más común de la esclavitud legal. El sol alumbra tras las
nubes, chorros de luz escapan por las orillas, intentan crear siluetas sobre el
valle de la muerte.
—¿El valle de la
muerte? Pensé que sería una historia con risa y alegría.
—Ten paciencia.
Desde el comienzo de su historia, la audacia que tenía por ver el
futuro siempre le negó los momentos dolorosos: “no hay necesidad de sufrir más de lo requerido”, decía. Llegó un
día en que encontró en su camino a una niña diminuta, delgada, ojerosa y
malnutrida (tal como son aquellos infantes que la calle acuña). La observó por
un instante y no pudo evitar notar aquellos ojos tristes y vagabundos de la
vida, la tomó entre sus brazos y sin preguntarle a la madre tierra la llevó
lejos de aquel lugar para darle una vida llena de materiales inutilizables al
corazón.
Los años transcurrieron, llegó un momento en que se
acercó a la tierra 3 metros por debajo del límite. Aquella criatura ahora era
toda una dama envuelta en la juventud de los días; escasos veintiún años y se
hallaba huérfana por segunda vez.
—No comprendo.
—Ten paciencia.
Ella, ahora que tenía aquel poder que su padre
adoptivo le otorgó, se dispuso a salir al mundo. El torrente sólo era aquietado
teniendo la información necesaria; no basta con saber, se necesita inteligencia
para ser capaz de sacar las palabras apropiadas, astucia para poder abonar
correctamente el tono en cada letra. Presentarse no era carta sencilla, sin
embargo el valor aún vivía dentro de sus venas.
Encontró paredes a las cuales les hacía falta algún
bloque, esperó el tiempo necesario a que la mezcla estuviera lista para poder
rellenarlo con un líquido especial; así comenzaron a encajar las piezas y el
muro, agradecido, caía a sus pies permitiendo el paso de su caminar.
Topó con agujeros sobre la tierra, intentó cruzar
armando puentes que al momento de llegar casi al final el desequilibrio ganaba.
Llevó su andar por los alrededores rodeando cada prueba pero siempre encontraba
uno de mayor o igual tamaño que el anterior.
No supo que más podría hacer y sobre el pasto seco
comenzó su llanto. Se sabía sola y pensaba necesitar alguien, una persona;
quien pudiera darle la mano, nunca lo hubo.
—Pero, siempre hay
alguien.
—Ten paciencia.
De nuevo la luna y el sol recorrieron el firmamento
marcando días y noches. Aquellas lágrimas regadas comenzaron a dar fruto, uno
que no había esperado. Un pequeño tallo salió decidido a levantarse sobre el
suelo en zancadas.
Cuando dejó atrás el hoyo encontró que no tardaba
mucho en volver a estar frente a él, había crecido al igual que la pequeña
planta verde que había en la orilla. Varias veces se repetía la escena; algunas
veces crecía más aquel palo verde convirtiéndose en tronco y otras lo hacía la
plasta negra sobre el suelo anchando el vacío.
Ella no supo entender lo que ocurría, cansada y
sucia seguía caminando por esa única vereda que sabía tomar. El viento sopló
para calmar su desesperación, sopló para detener sus pasos, sopló para
adelantar los sueños.
—Esto no es una
historia.
—Ten paciencia.
La sombra un día llegó a su corazón, en su lugar
divisó un espejo y al querer tocarlo tomó parte del mismo.
Una ciudad se levantaba, un mundo descomunal la
abrazó dándole la bienvenida. Los edificios, las casas, los parques, las
calles… todo, absolutamente todo lo que existía habitable era dominado por
animales raídos, similares al puercoespín. Llevaban anteojos de distintos
colores (algunos llevaban mezclas formando una masa divertida) y diferentes
tamaños. La gran mayoría, los llevaban en tonos obscuros y enormes, casi
juraban pasar por gorros al cubrir la cabeza casi en su totalidad, casi.
El miedo llegó -heló su sangre- y al saberse perdida
emprendió el viaje más difícil: el encontrarse. Recorrió las calles, se fijaba
con detenimiento como los extraños seres convivían ente ellos siempre en la
lejanía, aquellas raras púas no permitían acercase. Los adornos eran extraños
(además, claro, de los lentes); las pulseras se alargaban hasta llegar a la
punta de los dedos y poner en vez de las uñas agujas delgadas y filosas; los
collares anillaban el cuello haciéndolo más alto o más ancho según la forma en
que se viese. No se podía definir si
llevaban algún tipo de ropa. Unos grilletes los mantenían siempre pegados al
cemento –no se arriesgue, la gravedad
puede llegar a fallar, no querrá volar- decía uno de los anuncios en la
tienda de esos cascos pesados.
Otra tienda, cercana, llama su atención por el
extraño aroma -¿ha fallado? No hay
problema, aquí eliminamos todo tipo de olores- anunciaban en voz alta por
un megáfono en el techo; tuvo curiosidad y entró en el lugar. Las “cosas”
estaban arrinconadas, murmurando al vacío. Escondidas a lo lejos se llenaban de
fragancias exóticas, cubriendo sus propias… -¿culpas?- Un hombre (si se le pude
llamar así) la vio desde lejos; señalándola, comenzó a tirar pelusa sobre ella.
No supo como responder ante la agresión y salió corriendo del lugar.
Su espíritu estaba desecho, no sabía cuanto tiempo
llevaba encerrada en aquel extraño lugar; sólo sabía que, a pesar de su
búsqueda, no había encontrado nada.
Nada.
Al darse cuenta de este descubrimiento, pudo asomar
una leve sonrisa.
—¿Cuál
descubrimiento?
—Tener a la nada.
—¡Pero la nada es
nada!
—Ten paciencia.
Corrió por veredas, entre valles y pastizales se le
veía pasar sin detenerse; no quería voltear, no quería mirar hacia atrás; quería
que esa materia gris terminara. Fue entonces que los reflejos la llevaron donde
inevitablemente tenía que llegar: al mundo de los recuerdos.
Las montañas dejaron de mostrar tierra salpicada por
la gravedad y se convirtieron en películas; algunas, osaban mostrar el terror
de los miedos de la infancia; otras, le revivían los vuelos que tuvo mientras
los alucinógenos pasan entre la sangre. Fue pasando una a una, se la veía entre
lágrimas y gritos; el rencor se escondía entre los arbustos cercanos; el odio
llovía sobre el campo de su vida.
Entonces, en el cerro más alejado del campo, mostró
ese lugar, ese día -en que la estrella se había acercado a ella y con su brillo
la alejó de aquel lugar- un ángel en forma de hombre le hablaba: “cuando sientas que nada tiene sentido, busca
la llave dentro de ti para transformar tu propio mundo”. Las palabras
fueron resonando como las ondas sobre el agua, primero como susurros hasta
llegar a gritos altos en el cielo.
El trueno respondió al llamado y sin sentirlo cayó
al desmayo.
—¿Qué pasó
después?
—Tú dímelo.
—No lo sé.
—Ten paciencia.
—Es lo que has
dicho todo este rato.
—Las respuestas no
llegan cuando las pedimos, sino cuando las necesitamos. Ve a jugar.
Ese niño de 10 años sentado sobre las piernas de su abuelo salió al
patio de juego olvidando lo recién contado. Como sucede en cada historia y cada
una de nuestras vidas, pasó el tiempo; creció, entró de un grado a otro hasta
llegar a la Universidad donde se graduó con honores; comenzó a trabajar en uno
de los mejores despachos de abogados de la Ciudad. El “tata” -como acostumbraba
llamarlo- había fallecido hacía unos 5 años atrás.
Una mañana, sentado sobre las escaleras lloraba sus
penas. Jaime se vio ahogado por las experiencias; había perdido un caso
importante: su cliente –un condenado injustificado– había sido sentenciado a
pasar el resto de sus años bajo un techo frío de cemento (algo cotidiano para
la época en la que vivía). Sin consuelo llegó a la tumba de su abuelo, las
flores fueron sustituidas por unas frescas y la noche lo encontró arrullado en
la tumba.
El viento comenzó a soplar con voz; con esa que le
recordaba la tarde sobre las piernas de su mejor amigo y le contaba una
historia nunca terminada… la de aquella niña.
“Cuando sientas que nada tiene sentido, busca
la llave dentro de ti para transforma tu propio mundo.”
Jaime despertó al escuchar estas palabras, él
también comprendió; aquella niña era su reflejo entrado a ese mundo a través de
su propio espejo –la sociedad–. Pero, al igual que en relato, una semilla se
había quedado sembrado en la orilla de un agujero, creciendo, fortaleciendo y
esperando paciente el momento para alargar sus ramas y fungir como puente.
Encontró la respuesta que necesitaba, tal como le
había dicho su “tata” y así con mejor ánimo salió de regreso a su casa.
Después de ese día, se cuenta que marcó la
diferencia en cada oportunidad que le regaló la vida al amanecer; fue libre
hasta que la necesidad del vuelo fue tan fuerte que tuvo que dejar detrás el
cuerpo; su alma, mientras volaba por el cielo, escribía con sus alas estás
palabras:
“Un
puente no nace, se crea.
Arriésgate
a ser lodo y descubrirás la tierra,
se
soñador y tendrás la potencia del viento,
vive
ahogado en aguas y fluirás con la vida
ten
valor de quemar tu alma y podrás moldearla como el acero.
Descubre
los 4 elementos de tu naturaleza
y
entonces,
sobre
el puente de tu eternidad caminarás.
-Ten
paciencia-”
