—Creí que sería como en los
cuentos de hadas, una vez que has encontrado tu príncipe azul terminaría la
historia felices para siempre. Pero resultó no estar nada cercano el felices,
mucho menos el por siempre. Desde el día en que cruzamos el portal de
matrimonio mi vida dio un giro que no esperaba.
Recuerdo que sus ojos negros me hacían
suspirar cada que me volteaban a ver, más reciente al hoy ese brillo me hacía
temblar esperando que mi esqueleto se mantuviera lo suficientemente silencioso
para no llamar la atención de sus puños. Es verdad, la violencia alcanza a
todos sin distinción. Aquella primera noche que pasamos juntos, fue todo un
sueño, vivía en el paraíso, la luna de miel perfecta que cualquier persona
desearía para sí misma; esa noche me hice la promesa de darle hasta el último
aliento de mi cuerpo, ¿cómo sabría lo cierto que eso sería?
No pasó mucho tiempo después de
aquello, no puedo decir que él cambió, tal vez siempre fue igual pero yo no me
percaté de la realidad. Dicen que el amor es ciego, y a mí no solo me cegó sino
también inutilizó mis oídos o mis manos, peor aún, mi grito se vio asfixiado
por el miedo.
Sus dulces detalles que tenía
para mí fueron alimentando la ilusión en el que al parecer vivía. Pasó
aniversario tras aniversario como las lágrimas que se escapaban de mis ojos.
Los golpes que te pueden dar en el alma son peores de los que pudieras tener en
el cuerpo, son aquellos moretones transparentes, invisibles para el mundo que
te carcomen vivo. Comencé a sentir una distancia entre nosotros, traté de
aferrarme a él lo más que pude pero parecía huir de mis amores. El rencor y el
asco no se hiso esperar.
Sobre la cama veía mi cuerpo
poseído por su lujuria mientras mi voluntad era violada constantemente sin que
pusiera resistencia alguna, pedía al cielo que esa noche fuera suficiente para
que durmiera lejos de ese laberinto de emociones. Callé el tiempo en que sus
ojos se fijaron en otra criatura esperando que regresara a mí esa mirada, callé
cuando su sueños se volvieron en mi contra provocando el desenfrenado enojo,
callé cuando la inmadurez se había apoderado de nuestras mentes y la casa se
convirtió en el eterno campo de batalla.
Escuché mis gritos tras las
paredes, sobre las sillas, debajo de la mesa, dentro de la cama. No había
ventana suficientemente grande que me permitiera escapar ni puerta cerrada que
pudiera abrir. La fuerza llegaba a mis brazos clamando la justicia pero su
cuerpo soportaba a carcajadas mis delicados intentos. Me sentía dentro de una
camisa de fuerza cuando abrazaba mi dignidad y la pisoteaba cuanto quisiese.
Una bofetada, tal vez dos, tal vez miles, tal vez millones, el polvo lo supo y
aún así huyó.
Quise despertar de ese mal sueño
llamado pesadilla sin darme cuenta de que era tan solo la realidad que había
decidido tomar en aquel altar de la iglesia, mi condena se sellaba con el “sí,
acepto”, y mi alma cayó al infierno en vida. No fue el alcohol, no fue la
droga, no hubo otra mujer. Solo hubo dos, dos extraños mostrando lo peor de sí
mismos, convirtiendo lo bello en bestia, las caricias en rasguños, las palabras
dulces en hechicería negra, la esperanza en muerte, el deseo en odio, el amor
en nada.
Él fue tan culpable como lo fui
yo, como lo soy.
Una violencia que pasó
desapercibida para el resto del mundo, hay folletos hay campañas hay dinero
tirado en la máscara de la hipocresía; no existe la ayuda para quien es como
yo.
Hubo una noche, siempre es una
noche, en que mi cuerpo gastado ya no le fue suficiente, no hubo orificio que
le quitara esa embriaguez del cuerpo. Sus acostumbrados insultos llenaron mis
oídos traspasando la protección de la cera, recuerdo su hombría sobre mi rostro
salpicando su pudor con orgásmica necedad; mientras la lechosa substancia hacía
mascarilla en mi rostro mis recuerdos salieron al rescate.
Él terminó con un lindo puñetazo
en la barbilla, otra mordida en el cuello y una patada en la espalda. Poco
dolieron en ese momento, mis sentires estaban perdidos en las imágenes que mi
propia infancia había creado. Lo miré dormir, tranquilo, sin preocupaciones ni
angustias, como lo había visto la primera noche en que estuvimos juntos, era un
ángel y entendí porque me había enamorado. Besé su frente y salí de las sábanas
con el mayor cuidad del que fui capaz, cerré la ventana con seguro y sellé el
cuarto con llave y una cadena que terminaba en el candado reforzado.
Me quedé sobre el sofá meditando,
la vela se tambaleaba con la amenaza de apagarse. La observé todo lo que quise,
su fuego se hizo mío y la tomé; sentí como caía el residuo en mi mano
quemándola, pero yo estaba en la esencia de ella. Caminé en cualquier dirección
y comencé la escena que tanto había visto en el espejo reflejando mi propia
muerte. Las cortinas comenzaron a incendiarse sin parar, el fuego comía todo lo
que tocaba, no había obstáculo suficiente. Salí a la calle y me paré frente a
nuestra venta, el humo y la noche hacían imposible ver el interior hasta que la
habitación se llenó del colorido rojo anaranjado y el diablo gruñía dentro del
cuerpo de ese ser divino con quien había vivido.
Ahí me quedé hasta que los
bomberos y la policía llegaron, era demasiado tarde. Sentí las frías esposas en
mis muñecas, el sabor de la libertad.
—Pudo pedir ayuda.
—¿Y piensa que no lo hice?
—No sé qué hacer en este caso,
Sr. García.
—No se preocupe, esto también
pasará, dicen por ahí.
* * * * *
“Tanto hombres como mujeres
sufren de toda clase de violencia, no todo es lo que parece.” Terminaba de recitar
el abogado frente a los jueces, no fue suficiente, un hombre maltratado no conmociona
como la delicada piel de una mujer, para los ojos de la sociedad era solo un
hombre mísero que sacó su locura en algún momento matando al que fuera su
esposo.
Cincuenta y cuatro años tras los barrotes,
la justicia gritaba poderío y victoria, la sociedad se alzaba el cuello por el
merecido trato, el hombre solo veía su vuelo detrás del suicidio en la celda
fría marcada con el número veintiocho, su aniversario de bodas.
