Un cuento



 —¿En qué piensas abuelo?
 Me acerqué a él, verlo pensativo me hizo creer que la nostalgia había visitado de nuevo su corazón. Le di un beso en la frente, tomé su arrugada mano y me senté a su lado; justo el lugar que la abuela solía ocupar.
 —Has llegado, hijita —contestó evasivo—. ¿Cómo te fue? ¿Qué tal tu día?
 —Normal —dije sin ánimos—. Y, ¿ustedes, qué tal?
 —Normal... —se burlaba de mi real falta de interés. Me miró y me regaló una de sus mejores sonrisas pícaras—. Jaimito es un buen niño, bien portado; con las travesuras de cualquier niño inquieto. No debes preocuparte tanto...
 En su mirada había tal bondad, que solo pude acurrucarme más entre sus brazos. No importa la edad o lo adulta que me sienta, la verdad es que en sus brazos, vuelvo a sentirme una niña.


...

 —¿En qué piensas tú? —me pilló meditabunda.
 —Nada —contesté en automático. Me levanté y salí despacio del cuarto, tenía la mirada baja y las lágrimas amenazaban con su presencia.
 Ya era noche, regresé a la habitación con una bandeja de plata (que solíamos usar en momentos importantes), acomodé tan perfectamente como pude un par de tazas sobre sus platos, la tetera, junto con los sobres de té y azúcar, miel y café.
 —¿Y las galletas?
 Con una risita las saqué de debajo del suéter.
 Puse todo sobre la mesa frente a nosotros y comencé a preparar las bebidas. El suyo era un té de canela y manzana, con un toque de miel; dejé que el aroma le llegara y lo acomodé en el buró que estaba a su lado. Con calma, preparé mi café, le di un sorbo y volví a ponerlo sobre la bandeja. Dejé las galletas sin abrir, eran sus favoritas.

...

  —Eres una bendición, haces mucho por nosotros —dije después de un momento, en el que los dos disfrutamos el silencio.
 —Tú siempre tan preocupada, tan obstinada con tener el control —besó mi frente y dejé que su abrazo me envolviera, estaba frío.
 —No sé hacerlo sin ti...
 —Todo va a estar bien, has hecho un magnífico trabajo hasta ahora —reí al vernos desde lejos, bella imagen casi irreal.
 —¿Qué sucede?
 —No mucho, solo que... —Hice una larga pausa.
 —Solo que...
 —Solo que, nos imaginé por un instante como parte de un guion, una escena de una película cursi; totalmente fuera de la realidad.
 —Bueno, nosotros vivimos y sentimos; existimos siempre, en el guion de alguien más.
 —A veces me sorprende tu sabiduría —me burlé.

...

 —Quisiera que este momento fuera eterno.
 —¿Quién dice que no lo es?
 —Lo eterno no termina, y este momento, de alguna forma, lo hará.
 —Y por ello, ¿deja de ser eterno?
 —Sí —La tristeza y el nudo en la garganta comenzaban a ganar terreno.
 —No, mi pequeña —su voz era dulce, comprensiva—; lo eterno no tiene nada que ver con un inicio o un fin; tampoco es un lapso. Lo eterno, su real significado, tiene que ver con la huella que dejas en tu propia alma y en el alma del universo. La eternidad, no la puedes borrar, siempre está y siempre perdura; aún con su principio, y su fin.
  —Suena a cuento de hadas...
  —Cierra tus ojos, y siente —lo hice—. Así fue como Dios creo a la eternidad; solo que nosotros le hemos cambiado su significado poniéndole límites.
 Movida por el sentimiento me pegué aún más a su pecho, quise fundir mi corazón al suyo y no dejarlo ir, ni perder este momento. Ya no pude evitarlo y las lágrimas resbalaron por las mejillas.
 —Todo va a estar bien —me consoló, acariciando los rizos del cabello.

...

 No sé cuánto tiempo había transcurrido ya, pero supe que el momento había llegado; debía enfrentarme a la realidad.
 Me enjuagué un poco el rostro y abrí los ojos, vi su cálida mirada; sonreí. Lo besé en la mejilla, olí su aroma de viejo, sentí sus arrugas. Tomé su mano y la besé también. Dejé que me acariciara un poco más antes de levantarme; había cerrado ya los ojos, pareció dormir profundamente.
 Salí de la sala, dejando su taza de té, ya frío. Eché un último vistazo antes de apagar la luz.
 —Estuvo hermoso el funeral, gracias.
 —Saluda a la abuela.
 Cerré la puerta.