—Es
hermoso. Me gustaría saber qué más hay… —soltó en voz alta.
—¿Qué
podría ser más hermoso que su rostro? —contestó con seguridad.
Él no había hablado con ella, de
hecho, ni se había percatado de su presencia. Estaban los dos, ahí sentados en
la orilla de un cráter en la luna observando los místicos instantes en que
entraban en la oscuridad por el eclipse.
—No lo sé, es justamente eso lo que
quiero descubrir. —Volteó a verla. Estaba tal y como lo esperaba: un cuerpo
casi traslúcido, sin ropaje, sin señas de algún sexo, el cabello largo hasta
los hombros flotando por la falta de gravedad. Era hermosa, todas lo eran. Pero
había algo, eran sus ojos. Esos ojos que brillaban con la ausencia de la luz.
Ella le devolvió una sonrisa al cruzar las miradas. No eran tan distintos en el
físico, ni en el interior sin embargo ella fue capaz de percibir la diferencia.
Esa diferencia que le había hecho llegar sin aviso y sentarse a su lado y,
después de haber cruzado un par de palabras, regalarle una elegante sonrisa.
—Te he visto antes.
—Eso no puede ser posible, tú sabes
que…
—No digas nada —selló sus labios con
un dedo. El toque, el suave roce de las pieles era algo que nunca había
sentido. Pasó su dedo por las comisuras de los labios, lentamente, memorizando
cada arruga que en ellos encontraba. Cuando hubo terminado no se detuvo; fue
hasta su mejilla y se quedó largo rato descifrando un laberinto que no existía;
en sus párpados pudo tocar el cepillo que formaban sus pestañas, a través de
ellos podía sentir el vaivén de sus ojos incoloros; entre sus dedos se
enredaban los rizos de su cabello, los mechones lo abrazaron con delicadeza; y
su cuello, su cuello era una curva perfecta, algo que todos sabían pero hasta
ese momento tuvo sentido de semejante creación.
—¿Cómo puede ser que nunca antes lo
hubiera notado? Es tan, tan…
Ella estaba extasiada. Todo era
increíble y a su vez sereno. En cada tacto encontraba una nueva emoción, un
nuevo sentimiento. Algo florecía en su interior, y le gustaba. Cerró los ojos y
se entregó por completo a los impulsos eléctricos que la hacían vibrar con
exquisita fuerza. Recordó lo que era ser tocada inmaculadamente. Se dejó ir.
Apenas sus cuerpos se notaban con la
oscuridad que el planeta azul causaba al ocultar el sol de ellos. Sus almas se fundían,
se conocían, se descubrían, y al final, se veían.
Pasearon entre las grutas que la
luna ofrecía, visitaron las enormes laderas y los grandes cañones; y en cada
lugar dejaron su huella impregnando su aroma. El frío rosaba sus pieles como si
fueran de hule. Levitaban con las mareas de las corrientes magnéticas. De
pronto su vista se había ampliado y delante de ellos se había formado una manta
negra llena de puntos blancos. Le dieron forma a las piedras y nombre a las
estrellas.
Quiso llegar más lejos pero ella lo
detuvo con un suave y delicado “te amo”. Él no se sorprendió al escucharla,
solo la tomó entre sus brazos y siguió besándola suplicándole que se quedaran
juntos eternamente.
<<—Es hermoso. Me gustaría
saber qué más hay… —¿Qué podría ser más hermoso que su rostro?—>>
Repitieron sus diálogos inevitables, como un raro tipo de dejavú.
—Me gusta este silencio —contestó
sin darle importancia a su respuesta. Se encontraban recostados sobre una duna
de arena gris visualizando como los primeros rayos del sol salían de entre la
tierra alumbrando a su luna. Habían tantos secretos revelados que era imposible
no hacerla propia, tan parte de ellos y su historia.
—Me gustaría descubrir qué más me
gusta. ¡Vamos! —De pronto se levantó y le tendió la mano.
—¿Qué quieres decir? —Ella la tomó
permitiendo la ayuda al levantarse aunque no fuese necesario. Una vez de pie la
soltó súbitamente.
—Ve el sol —dijo en un tono como si
fuera lo más obvio.
—Lo sé.
—Dijiste que estaríamos juntos… —Él
no entendía. Estaba sorprendido. ¿Qué había pasado? ¿Qué era esto que ahora
sentía? ¡Dolía! Era dolor y ella se lo estaba causando—. Sí la luz toca tus
alas…
—Te ofrecí amor eterno pero Él es
más que eso; es amor verdadero. —Vio su rostro, no pudo definir que decía su
cara—. No debiste ilusionarte, somos parte de Él.
Y no dijo nada más. Él se limitó a
verla partir.
Vio llenarse de resplandor a sus
alas al tocar la luz del sol, su traje dorado de nuevo la cubría y sus ojos
regresaron a ser el dorado cristal que los cegaba. Él sabía que ella no
volvería a pensar en él; los ángeles no tienen más visión que Dios, no tienen
más recuerdos que su voz ni más anhelos que el adorarlo. Un hermoso antifaz de
diamantes y perlas. Una libertad en jaula de esmeraldas. Un costo muy alto que se
debe pagar al elegir ser un ángel.
Estaba a solo unas migas de luz
cuando decidió dar media vuelta y marcharse al otro lado de la luna. Una a una
fueron cayendo las plumas de sus alas mientras estas se desintegraban. Más allá
de las rocas, espera paciente a que su nombre sea borrado del libro de la vida;
y así ser parte del polvo cósmico que le permitiría viajar detrás de un cometa;
o tal vez solo se eleve entre las nubes de las galaxias y así sea, finalmente,
su amor verdadero; entonces él se convertirá en nada más que un recuerdo de
amor eterno, que se oculta en el lado oscuro de la luna.
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| Créditos Sheila V. Alceda (Inspirado en una imagen en la web) |
Lo eterno puede durar solo un instante, un segundo mortal, y quedar impregnado por siempre; pero lo verdadero, para ello no había medida, no había comparación, no había límites, no había nada más.
