Renunciar


—¡Ya no quiero volver a patinar! —Gritaste con todas tus fuerzas. Las lágrimas provocaron que tus ojos se hicieran pequeños. Era tal tu dolor, que aventaste lo más querido para ti muy lejos: tus patines. En medio de la sala, tus padres trataron de calmarte—. ¡Renuncio, renuncio, renuncio! —gritaste con desesperación mientras salías corriendo de la casa.


Tu mamá, empujada por el amor de madre, salió tras de ti en un intento por detenerte, más le fue imposible, desapareciste en el momento preciso en que cruzaste la puerta hacia la calle. Caía una tormenta como pocas, el agua era tan densa que parecía una cortina blanca cubriendo la calle.

Trataste de ver más allá, entender lo que estaba pasando. Estabas decepcionado de ti mismo, no fue una de tus mejores semanas, nada había dado frutos. Querías darlo todo en la competencia de patinaje de esta tarde, demostrarle a tus profesores, compañeros y a tus papás, sobre todo a ellos, que había valido la pena; que eras una patinadora digna, casi perfecta.

La confianza se te vino abajo cuando no alcanzaste el tiempo esperado en las individuales, o cuando no pudiste estar en el pódium en las carreras; peor aun cuando en la prueba de relevos, solo iniciar tropezaste, haciendo perder al equipo entero.

¿Cómo superas el sentimiento de derrota y decepción? —¡No!— No quisiste pensar en ello; no podías volver a confiar en ti, o en alguien más. No querías más voces diciendo que no pasaba nada, que todo estaría bien, que solo fue un error. ¡No!, ¡no hay errores cuando se quiere ser la mejor! Dejarías de patinar para siempre, te prometiste; ya estaba decidido.

Las lágrimas se juntaron con las gotas de lluvia. Diste vuelta en la esquina, hacia el parque, el último lugar al que realmente querías ir, pero era tu único refugio. De pronto, una ráfaga de aire te hizo tropezar y caer al suelo girando sobre el pavimento varios metros.

Intentaste detenerte, voltear la mirada y ubicarte, pero en ese momento sentiste cómo algo te tomó del abdomen fuerte y comenzaste a elevarte en el aire. Luchaste con todas tus fuerzas para soltarte, tanteabas con las manos intentando descubrir qué te tenía atrapada pues las lágrimas y la lluvia no te permitían ver.

¡Unas garras!, eran unas garras lo que te sujetaban. Quisiste gritar, pedir ayuda, pero todo había pasado tan rápido que ya era tarde. Sentiste ganar velocidad y altura, las gotas de lluvia convertidas en granos de hielo golpeaban tu cuerpo con furia, y comenzaste a temblar, no sabías si de frío o de miedo. Todo te fue confuso, solo viste a la ciudad desaparecer debajo tuyo, mientras sobrevolaban entre las nubes.

En algún momento, llegaste tan alto, que las nubes, la lluvia y todo lo demás quedó muy por debajo. El cielo estaba despejado y la luna brillaba como si la tormenta no existiera. Las estrellas parpadeaban, unas blancas y brillantes como diminutos diamantes, otras intercambiaban sus colores. El cielo pareció estar de fiesta.

Tú seguías temblando. La alargada criatura, ahora visible para ti, te ocultó bajo su cuerpo. Su pelaje fue cálido, y así pronto lograste recuperar el calor. Sus cuernos eran largos, y pesados, filosos y brillosos. Los colmillos salían por las comisuras de la boca, y sus delgados bigotes ondeaban con el viento.

Pensaste en los muchos dibujos de dragones que habías visto cual demonios con alas y fuego; pero este era más como una serpiente de agua con cuatro patas, y sin alas. De su piel salían pequeños destellos celestes y azul claro, dejando un camino brilloso flotando por donde pasaban.

No supiste por cuánto tiempo habían volado, el amanecer parecía anunciarse. De repente aparecieron montañas debajo y comenzaron a perder altura, hasta que casi pudiste tocar las hojas de los árboles. Llegaste a una montaña con una abertura en uno de sus lados, escondido entre rocas y árboles frondosos; las hojas y ramas te rasparon los brazos y piernas cuando la bestia te aventó hacia su interior.

La criatura se transformó, perdió su forma sólida y apareció una “mini” figura transparente flotando en medio de la húmeda cueva. Había un nido cerca; gotas de algo que parecía ser agua caían del techo y al tocar el suelo, hacían música con el eco.

<<¿Qué es este lugar? ¿Dónde me encuentro? ¿Qué pasará ahora conmigo?>> Las dudas te invadieron, mas no fuiste capaz de emitir palabra alguna.

—¿Qué hacemos aquí? —Preguntaste insegura.

—¡Tú, no deberías ser tan osada! —te sentenció severo el dragón. Con su potente voz, hizo que las paredes temblaran—. ¡Deberías tenerme miedo!

Dijo eso y cambió de nuevo su forma, se hizo más sólido y tan grande que pensaste que su intención era aplastarte y sepultarte bajo las rocas de la montaña. Su cuerpo se llenó de plumas; plumas blancas con una melena verde turquesa que recorría lo largo de su cuerpo hasta la cola; brillaba con luz propia.

Tienes miedo, lo tuviste desde el primer momento en que sentiste que te apartaron del suelo. Pero tus piernas no respondían, quisiste gritar y salir corriendo, pero ninguna parte de tu cuerpo cedió. Solo quedaste inmóvil, frente al dragón.

—¡Voy a comerte! —rugió acercándose a ti, retrocediste y una piedra te hizo tropezar cayendo hacia tras. El dragón se burló de ti, y tu torpeza.

—N-n-no —trataste de contestar, pero el miedo te mantenía petrificada.

Tu debilidad hizo que su risa fuera más fuerte. Rocas empezaron a caer del techo, el suelo temblaba, el eco hacía más estridente su burla.

<<Los dragones no existen>> pensaste en un intento por cambiar de realidad. Te levantaste y corriste al fondo de la cueva hasta que ya no tuviste camino. Muerta de miedo y temblando, intentaste desesperada encontrar un lugar dónde ocultarte. Te metiste por debajo de una saliente, agachada y con las rodillas tapando tu cara, lloraste. <<Esto no es real, no puede ser verdad>>, intentaste convencerte.

¿Qué estaba pasando? Fallaste en las carreras, habías tenido un pésimo día, te sentías mal por decepcionar a tanta gente, y ahora estabas aquí, lidiando con un dragón salido de no sabes
dónde.

El dragón escupió fuego y sentiste el calor tan cerca de ti que, en un intento pobre para protegerte, agachaste la cabeza aún más entre tus rodillas y cerraste los ojos; una inmensa luz azul atravesó tus párpados. Temerosa de morir quemada comenzaste a gritar “esto no es real, estoy soñando, los dragones no existen, no es real, no es real, ¡¡nooo ees reeeaaaaallllllll!!”

El piso tembló con las pisadas del dragón, ahora olías su aliento como si fuera parte de tu respiración. Es real, no hay duda.

—¿Qué pasa niña, tienes miedo? —se burló.

—¡Sí! —Contestaste aun temblando de miedo.

—Por eso voy a comerte. —Rugió— ¡Detesto a los niños como tú, miedosos y que renuncian!

Al escuchar esto, pensaste en todas esas ideas que te hicieron salir de casa. Si tan solo no hubieras renunciado, si hubieras hablado con tus padres, si hubieras enfrentado el dolor que sentías por la derrota. ¡No!, era mucho, habías fallado en grande, todos eran amables pero sabías en el fondo, que nadie iba a perdonarte. ¡Jamás!

Renunciabas porque ya nadie te querría, ni volverían a confiar en ti. No tendrían que ser amables contigo. Podrías buscar alguna otra cosa, eras buena para los videojuegos. Podrías intentarlo, al menos si fallabas, no importaría, no afectarías, nadie saldría lastimado por tu estupidez…

El corazón te latía a mil por hora y la sangre bombardeaba tu cuerpo; miedo.

—Puedo percibir hasta acá ese olor nauseabundo del miedo. Te comeré y todas esas ideas y ese dolor habrá desaparecido. Te estaré haciendo un favor.

Habías fallado, hacía tanto que no te pasaba que olvidaste lo que se sentía fallar. Te confiaste tanto, que dejaste de poner atención; de concentrarte en los movimientos; de mantener tu mente en el presente.

Eres buena, solo habías olvidado, por un instante, no vivir en las nubes del éxito, sino concentrarte en las raíces del esfuerzo y el trabajo; te olvidaste del desarrollo del proceso. Un momento tan diminuto, entre empezar y terminar, que puede llegar a olvidarse.

Tomaste coraje, un par de respiraciones profundas y saliste de tu escondite. El dragón exhaló su humo en forma de amenaza. Estaba tan cerca, que no necesitabas estirar por completo tu mano para tocarlo.

—No te temo.

—¿Qué dijiste? —estaba incrédulo ante tu cambio de actitud. Exhaló más fuerte y un humo más denso te empapó la cara.

—¡Claro que me temes! —soltó una carcajada—. Los que renuncian, que decepcionan, siempre temen. ¡Voy a comerte!

El dragón se divertía con cada palabra. Era real, y lo comprobaría cuando escupiera su fuego y te asara, para tragarte de un bocado.

—¡¡No te temo!! —repetiste gritando. El dragón te vio curioso—. Te equivocas si crees que voy a renunciar.

—¿Acaso no saliste corriendo de tu casa, y juraste nunca más volver a patinar?

—¡Volveré a patinar!

—¿Volverás a patinar? Ja, ja, ja —el eco hizo que su risa sonara más macabra—. ¿Para qué regresas? Solo vas a fracasar, tus papás se sentirán muy desilusionados. ¿Tú no quieres eso, verdad?

—¡Regresaré y lo intentaré de nuevo! —Tu voz fue firme, ya no había miedo en ella.

—No vas a lograrlo…

—¡Voy a lograrlo! No voy a darme por vencida; lo haré.

Sus miradas se cruzaron, él sabía de tus fracasos y eso a ti ya no te importaba. Volverás a intentarlo, y si volvieras a fallar, lo volverás a intentar. No te rendirás. No dejarás que esa criatura te coma. No lo vas a olvidar, y no renunciarás nunca más.

—¿Estás segura? A veces es mejor renunciar, antes de tener otra decepción.

—Estoy segura.

El dragón se puso furioso; creció y creció, pero tú no retrocediste. Piedras y rocas caían, todo vibraba de tal magnitud con su enojo que parecía imposible mantenerse en pie; el calor se volvió insoportable pues escupía fuego hacia todos los rincones. Intentaste correr e ir hacia la salida, pero las llamas azules te alcanzaron y el dolor te hizo caer. La ropa se quemaba, olías el humo chamuscado de tus cabellos, tus brazos te ardieron y con ellos todo el cuerpo.

—¡NO, no! ¡No quiero morir, déjame! —gritaste al sentir las llamas en tu piel—. ¡No!, no soy miedosa, lo voy a intentar.

—¡Cálmate! —dijeron pero no escuchaste. Seguías sacudiéndote en el suelo en un intento por apagar el fuego.

—¡Déjame! —Insististe.

La lluvia caía con furia. Gente iba y venía con impermeables azules.

—Abre los ojos —voces repetían para calmarte—. Vamos, abre los ojos. Solo es la lluvia, nadie va a lastimarte.

De pronto, sentiste frío, poco a poco dejaste de forcejear con aquello que intentaba agarrarte, desesperada abriste los ojos. Estabas de regreso, en medio de la pista de patinaje.

Varios policías te rodeaban, unos con grandes paraguas. Eso que creíste que eran las brasas de fuego, solo eran las manos de un par de policías que intentaban poner una manta para protegerte. Estabas cansada, te sentiste débil y desorientada. La garganta te dolía por los gritos, tus músculos estaban tensos por el esfuerzo. Reconociste las voces humanas, entonces dejaste de luchar.

—¿Dónde estoy?

—En el parque, a unas cuadras de tu casa. —Miraste a tu alrededor; efectivamente, estás en el parque, mismo donde solías ir a practicar el patinaje.

—¿Cómo llegué hasta aquí?

—Ven, vamos a casa, tus papás están esperando.

Cuando al fin tuviste fuerza para levantarte, los policías lograron envolverte en la manta y te llevaron custodiada hasta la patrulla, la cual te llevó a tu casa. Los dos agentes sentados adelante iban haciendo algunas preguntas, mientras que el de atrás frotaba la manta en tu cuerpo para que entraras en calor más rápido. Tu casa se encontraba cerca, así que no tardaron en llegar.

Uno de los policías bajó de la patrulla y te abrió la puerta. Al ver a tu mamá, tiraste la manta y saliste corriendo a sus brazos, ella lloraba.

Ya dentro siguieron los cuestionamientos, tomaron algunas declaraciones y los policías partieron. Pensaste que tus papás tal vez te reprenderían, estabas lista para su enojo y acusaciones; sin embargo, tu papá te tomó de la mano y te llevó a tomar un baño. Te esperó tranquilo a que salieras con tu pijama lista en tu cama.

En ese momento, tu mamá entraba con una bandeja, había preparado chocolate caliente y lo acompañó con un par de panqués que sabía eran tus favoritos. Nadie dijo nada mientras cenabas. Tu mamá solo acariciaba tu cabello sentada a tu lado, y tu papá parecía pensar sentado en la silla junto a tu cama.

—Entendemos si ya no quieres… regresar—a tu mamá le costó trabajo que las palabras salieran. Tenía los ojos hinchados por las lágrimas.

—No tienes que seguir, si no quieres. —Apoyó tu papá, aunque sabían que ninguno de los dos estaba de acuerdo.

Dejaste la taza vacía en la bandeja y la hiciste a un lado. —Seguiré —dijiste—. No renunciaré, lo intentaré todas las veces que sean necesarias, un error no me va a detener. Una caída no me va a derribar. Lo siento.

Tu mamá te dio un dulce beso y salió del cuarto con una sonrisa. Tu papá se acercó a ti:

—Sé que seguirás, no eres de las que se deja vencer. Estoy orgulloso. —Viste una lágrima caer por su mejilla y lo abrazaste muy fuerte. Después de darte la bendición, salió del cuarto.

Algo llamó tu atención en el reflejo de la ventana, saliste de tu cama para acercarte y ver mejor. Era algo parecido a una serpiente blanca con destellos azules volando, alumbrando las nubess a su alrededor. <<Voy a esperarte>>, le escuchaste decir. Te prometiste que nunca más dejarías que el miedo te volviera a ganar.


Patinadora Danna A., grupo Bionic Skaters.






No está mal fallar, 
sino renunciar.