La semilla del Ser




No puedes liberarte de aquello que aún no has aceptado; es nuestra respuesta a tu pregunta. Vives el día dividiendo lo que, a tu suponer, es divino y lo que no; juzgas aquello que etiquetaste como no divino como un retroceso en tu camino, te castigas pensando que algo hiciste mal o equivocaste tus acciones.

¿Cómo podrías liberarte de algo que aún no has aceptado que forma parte de ti? Para que puedas salir del sueño, primero tienes que aceptarte como un entero. No eres la luz tratando de liberarse de la oscuridad; eres la luz que entiende que la oscuridad es ella misma vista desde otro punto. Se acepta y se alegra; no se cuestiona, solo la mente cuestiona.

No te das cuenta de tu sufrimiento, de que tu mente sigue distraída creyéndose Dios, y no parte de él. La mente, mal enfocada, se cree el origen; sin embargo, la mente es el portal de todo lo creado; sin embargo, la fuente es más grande, tan grande que la misma mente le debe su existencia y capacidad.

Sigues creyendo que estás aparte del Todo. Pasas tus días preocupado por las ideas que se inventa tu mente, no dejas que Dios interfiera diciéndote que este mundo no es real, que Dios no se tomaría la molestia de ayudar ¡para qué molestar a Dios con pequeñeces!

Si Dios no está en lo pequeño, ¿en dónde está? Si Dios no está en la ilusión, entonces ¿qué hace Dios? Si Dios, el mismo que hace posible esta lectura, que te trajo hasta este punto, no puede con tus deudas, tu trabajo, tu familia; las drogas y vicios; las guerras y la violencia; incluso, si no puede ni si quiera ayudar en tu formación académica, entonces no es Dios.

Reconcíliate con la verdad. ¿Repudias a Dios, o a la palabra Dios? ¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando a las palabras; me niegas con el nombre de Dios, y me reconoces y adoras con otros nombres como suerte, milagro, ciencia, energía, naturaleza, nada, vacío, magia…

Sé que son muchas tus ganas de que no exista, o que sea a “tu imagen y semejanza”; que juzgue los errores como pecados y los haga pagar por ellos; que tome el sartén por el mango e imponga mi “Gran Poder”; siempre y cuando, lo que yo quiera, sea lo mismo que ustedes quieren.

Me piden que juzgue y señale al que ustedes marcan con la seña de traidor, infiel, injusto, desleal, inmoral, y tantos más adjetivos que puedan pensar en este momento. Quieren que Dios sueñe su sueño. ¿Qué ganaríamos perdiendo a tal grado de locura? Tan difícil se les hace creer que existe algo llamado aceptación.

El aceptar es recibir tal cual es sin condiciones; aunque no lo entiendas, no comprendas, no tengas idea alguna de su uso. Aceptar es dar el sí, y hacerlo tuyo. Pues de cualquier modo el río pasa sobre la tierra; puede que la tierra lo acepte y deje que le de forma, o puede oponerse y querer controlar la corriente. En verdad te digo que no hay presa que dure mil años, ni en esta, ni en ninguna otra vida.

La emoción es la correcta, está bien sentir enojo; solo debe estar mejor enfocado. Ese fuego, la braza que quema dentro, puede ser un grandioso motor, úsalo como propulsor de tu propio cohete. En vez de buscar un culpable al cual quemar, busca el impulso que te haga viajar más allá de lo obvio, que te ayude ir a lo profundo.

Pregúntate, ¿de dónde sale este enojo?, ¿por qué me siento así? Usualmente proviene de tu falta de control sobre lo que te rodea, ya sean situaciones o personas. La traición es una sensación que proviene de esperar algo y que no sea lo que se espera. Puede ser que esperes crezcan tus hijos, los veas crecer y de pronto mueran a temprana edad a manos de un evento extraordinario; y entonces sientas que la vida (Dios) te ha traicionado.

Puede ser que el abandono agobie tus noches y te ahogues en lágrimas, solo porque los demás no detienen el tiempo para estar ahí; sentir que no le importas a alguien solo porque te ha negado un favor. Y así, un sinfín de situaciones que has inventado para alimentar tu enfado y control.


Te pregunto, ¿tan malo es dejar que las cosas sucedan?, ¿quién es el que se engaña, la vida con su sabiduría de todas las cosas, o tu mente y su imaginación limitada?
Te pregunto, ¿tan malo es ser el hijo de Dios?, ¿tan terrible es la idea que prefieres distraer tu atención?

¿Quién eres, hijo mío?
¿Quién buscas ser?

Tu Ser siempre será la verdad última; las respuestas se hallan más allá, detrás del miedo.
La semilla del Ser.