Proceso de Dios, segunda parte



La velocidad (si lo podemos llamar así) con la que viajan las ondas es incalculable; un ojo humano tardaría más parpadeando, que una parte de la luz en terminar el ciclo completo. Esta es la forma en que nos creamos, en todos los niveles. Y la vida no requiere de nuestra participación; sin embargo, para que todo esto ocurra, se requiere de nuestra presencia. Sin un testigo, sin una intensión, nada de esto sería posible ni tendría sentido. Esto es lo que llamamos “conciencia o alma de Dios”.

Es la fuerza suficiente que contiene al Todo, y al mismo tiempo es el Todo. Él mismo se crea, se conoce, se experimenta y es. Esto a su vez, es posible por un campo magnético, que inyecta al alma de energía y vibra pura (vital). Ese campo lo conocen como Espíritu. El espíritu es la energía que al tomar conciencia y presencia de sí mismo, se vuelve Alma; y a su vez, es el combustible para el proceso de la vida: Dios.

El Alma de Dios, es una parte individualizada de Espíritu. Existen muchas más almas individualizadas “Dios” como almas individualizadas en nuestro basto Universo; todas ellas, en conjunto, crean la existencia del Gran Espíritu, el Ser Uno.

Dicho de otro modo, más digerible, ustedes son pequeñas energías de pensamiento que viven el proceso constante de la vida; todas juntas (ustedes y nosotros) somos el pensamiento de Dios. Esta “cápsula Dios”, no es única, sino existen muchas más cápsulas interconectadas unas con otras que, en conjunto, salen de la Gran Energía, el Gran Pensamiento.

Si pudiéramos mostrar lo anterior con una imagen, sería algo similar:



Misma red o configuración se puede observar en el cerebro humano. Somos parte de una célula (neurona) que nosotros bautizamos como Dios. Somos pensamientos en movimiento, ¡somo la vida del pensamiento!




Sabemos que esta información puede ser motivo de angustia. ¡no permitan que el milagro de la vida los atormente! Hay muchas cosas que, para ustedes, aún no son verdad; para otros serán blasfemias. Lo importante no es el creer, o no, en esto. Claro que cuando crees, el proceso suele acelerarse y el cambio se vuelve gozoso, y no un tormento.

Sin embargo, creer, no es un requisito para que la vida (Dios) y tú, sean. La comprensión de que, eso que ustedes llaman vida, problemas y situaciones agradables y desagradables, no tiene mayor propósito que liberarte.

Tu creencia de que puedes controlar, incluso influir o interferir, en el proceso de la vida, te ha mantenido ciego, sordo y atado a unas cadenas, que su único poder es que tú crees que están ahí. Juegan a ser Dios (que en realidad lo son) desde la fuerza y la ignorancia; no desde el poder y el conocimiento.

Estas palabras, que ahora bajan a ustedes, contienen las llaves necesarias para el punto de quiebre. Son las llaves que creen necesitan para zafarse de las cadenas que han inventado. No dejen que su poca visión juzgue su evolución, su camino; si has llegado hasta aquí, es porque así debía de ser.

Suelta a la vida y déjala ser. Fuiste creado para ser dueño de tu voluntad, de tu diminuto (y sin embargo basto) espacio que reside en tu interior. Sé consciente de tu esencia, de tu propio proceso y sé testigo de la magia de Dios, y del Gran Espíritu, el Padre de todo lo creado e imaginado.

Con amor, acepta estas palabras en tu corazón y permite que echen raíz; observa, sé uno contigo y evoluciona. Eres creación maravillosa. Agua no te estanques, deja que el río fluya y se funda al océano que, con amor, espera tu regreso.

Que así sea, así es, y, así será.
Sabad (Shabat)[1]













[1] El shabat es un día de alegría, porque ese día el individuo es plenamente él mismo. Por ello el Talmud llama al shabat la anticipación del tiempo mesiánico, y al tiempo mesiánico el shabat interminable: el día en que en que la propiedad, el dinero y la aflicción y la tristeza no tiene cabida; un día en que es abolido el tiempo, y solo domina el ser puro y espiritual. Su predecesor histórico, el shapatu babilónico, fue un día de tristeza y de temor. Erich Fromm.